martes, 19 de junio de 2018

Imagen de  La gestión del documento electrónico
La gestión del documento electrónico constituye un auténtico cambio de paradigma. Estamos viviendo un momento histórico y el documento electrónico es el eje sobre el cual pivota una gran transformación que viene de la mano de la tecnología, pero que va mucho más allá. Si hemos entendido bien lo que supone este gran desafío, al final del proceso nos encontraremos con una administración mucho menos burocrática y altamente proactiva, capaz de prestar un mejor servicio al ciudadano y facilitarle la vida.
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https://tienda.wolterskluwer.es/p/la-gestion-del-documento-electronico

domingo, 18 de febrero de 2018

El Cristo de las Injurias de Huete

Una de las leyendas más interesantes y, a su vez, desconocidas de Huete es la relacionada con el Santísimo Cristo de la Injurias. Un Cristo que tiene descolgado misteriosamente uno de sus brazos. Luego veremos qué simboliza esta anomalía.

Hoy perdura su recuerdo en la ermita de San Sebastián, situada dónde finalizan los paseos del parque de la Chopera, en la que encontramos una imagen de reducido tamaño que simboliza la existencia de otra más antigua y grande, destruida en 1936, que se veneraba en origen en la parroquia de la Trinidad.

De aquella imagen antigua se publicó un grabado en Madrid en 1690, del que se conserva un original en una vivienda de Torrejoncillo del Rey, que es el que publicamos en este artículo. Era tal su devoción, que el obispo Jacinto Rodríguez Rico, hacia 1825, concedió cuarenta días de indulgencia a quienes rezasen un credo delante de la imagen.

 
A continuación transcribo un documento del siglo XIX en el que se relata la interesante y desconocida leyenda:

                                             SANTÍSIMO CRISTO DE LA CHOPERA.

Este sagrado simulacro ofrece la singularidad de tener el brazo derecho desclavado de la cruz y tendido hacia la tierra. Cuantos devotos se acercan a adorar al divino crucificado fíjanse el punto en esta circunstancia, y la piedad curiosa procura siempre inquirir por qué se le presenta así. Muy pocas veces habrán obtenido los forasteros una contestación satisfactoria y tengo además el conocimiento de que se ignora por muchos de los naturales. De muy niño aprendí yo una tradición que explica perfectamente la novedad que nos ocupa. La he conservado cuidadosamente en mi memoria y en mi corazón. Voy consignándola en estos renglones para satisacer la devoción cristiana:

A espaldas del templo parroquial de San Pedro, hallábanse las antiguas casas consistoriales, y cárceles de la ciudad, al punto hasta la puerta de Almazán, hoy arco del Reloj, extendíase la calle de la Trinidad, denominada así por hallarse sin duda la parroquia de esta advocación, de cuyo templo aún se conservan la portada principal y algunos paredones. Aquí se veneraba con gran devoción al Santísimo Cristo de las Injurias.
Cuando ocurría alguna sentencia de pena capital, los desventurados reos tenían que atravesar toda esta calle para ir desde las prisiones al lugar del suplicio. Era costumbre dejar abiertas durante esta patética y dolorosa ocasión las puertas de los templos del tránsito. Sentados estos preliminares que consideré convenientes y necesarios para conocer bien el lugar del suceso que voy a referir. He aquí, como la tradición lo conserva.

Un día, el vecindario hallábase fuertemente emocionado. Varios hermanos de la Paz y la Caridad, acompañado cada cual de un niño y una bandeja cubierta con velo morado y tañendo una triste y acompasada campanilla recorrían las calles demandando limosna para un reo que estaba en capilla. Una ejecución de pena capital conmueve siempre, aún en nuestros mismos tiempos, y hasta en las más grandes y populosas ciudades al vecindario. El aparato que precede a tan tremendo acto excita a las personas más animosas y varoniles cierto temor y recogimiento de compasión cristiana y caridad en favor del delincuente. Aquella noche pasose en la mayor angustia, pues habíanse esparcido el rumor de la inocencia del reo puesto en capilla y el pueblo, que simpatizaba con aquel infeliz, como simpatiza siempre en la desgracia, esperaba impaciente el amanecer del siglo día. Muy de mañana, rumorosa muchedumbre discutía por las inmediaciones de la cárcel. Llega la hora, y aparece en público nuestro reo, vistiendo la triste ropa, con el semblante pálido y demudado por el sufrimiento y el dolor. Montado en el pollino, pónese en movimiento el fúnebre cortejo. De trecho en trecho, dábase lectura a la sentencia que le condenaba a muerte. Y el desgraciado repetía siempre: ¡Soy inocente! ¡soy inocente! ¡tened compasión de mí!

Compareciéndole todos los espectadores, y hasta los mismos jueces y magistrados, hubieran querido en aquellos momentos supremos salvarle, pero resultaba en autos convicto del crimen que se le acusaba. La sentencia era firme y la ley debía cumplirse, situación terrible. Habíanse levantado en la conciencia de todos una especie de juicio en la inculpabilidad de aquel presunto reo. Presentían todos que iba a morir inocente, y sin embargo... iba a morir. Cuando se repetía la lectura de la sentencia, el desgraciado, gritando con acento desgarrador decía: ¡soy inocente! ¡soy inocente! Y en medio del silencio que producían estas palabras, oíanse algunos gemidos y algunas lágrimas que derramaban ojos comprensivos, pero nada más, no había medio posible de hacer más.

Al pasar frente al templo parroquial de la Trinidad, la puerta estaba abierta, y algunas almas caritativas hallábanse en él, rogando por el infeliz que iba a ser ajusticiado. El reo ruega le permitan detenerse algunos momentos en aquel sitio y volviendo el rostro hacia el lugar santo exclamo: Santísimo Cristo de las Injurias, Salvador mío, manso cordero y víctima inocente sacrificada por la salud del Mundo. Compadeceos de mí, sed vos el testigo que deponga de mi inocencia, líbranos de tan angustiosa situación!

Y cuando pronunciaba estas últimas palabras salían presurosos del templo los fieles que allí se habían retirado en oración gritando alborozados: ¡Milagro! ¡Milagro!.. La sagrada imagen del divino crucificado había dejado de caer su brazo derecho en la forma que hoy lo tiene para perpetuo recuerdo del perdón, mejor dicho de la inocencia de aquel presunto reo que al momento fue puesto en libertad. Tal es el origen de la particularidad que ofrece este milagroso simulacro de Jesucristo.

Cuando en 1777 se suprimió esta parroquia fue trasladada a la de San Pedro, donde ha permaecido hasta el año de 1824 que, restaurada la ermita de San Sebastián, de patronato del Ilustre Municipio, se bajo procesionalmente con gran pompa y solemnidad, colocándole en el retablo princpal. Esta ermita está situada al final de los deliciosos paseos y alameda de la Chopera, por lo cual el vulgo ha dado en llamarle el Santo Cristo de la Chopera.
Es imagen de gran tamaño y muy devota y venerable, pues aunque el trabajo artístico deja algo que desear en detalles, tiene todo de misterio, sentimiento y característica expresión religiosa.
Que las generaciones venideras adoren con fervorosa devoción al santísimo Cristo de las Injurias, por ser una imagen milagrosa y una de las joyas cristianas que posee Huete.























Fotografía de la antigua parroquia de la Santísima Trinidad

lunes, 20 de noviembre de 2017

Pedro García de Galarza, mecenas del Arte, "incomparable gloria de las sagradas Musas".




Hoy vamos a centrarnos en la figura de Pedro García de Galarza, obispo de Coria entre 1579 y 1604. Nació en Bonilla de Huete, provincia de Cuenca en el año 1538 y falleció en Coria en 1604. Galarza fue amigo personal y consejero de Felipe II, a quien ayudó en diversas misiones diplomáticas, sobre todo en relación con la reciente incorporación a la Corona del reino de Portugal. De hecho, el rey estuvo alojado en casa del obispo en 1583, cuando regresaba tras ser coronado en el país vecino.

Fue una persona con una gran preparación humanística, todo un ilustrado en la época, que destacó por su mecenazgo artístico y por sus grandes dotes para el gobierno.





En Cáceres, a pesar de no ser la sede episcopal, construyó un seminario. Fue el promotor de las obras de reforma y ampliación del palacio episcopal, en cuya fachada queda constancia de su impronta en el escudo heráldico y la inscripción del dintel: DON GARCIA DE GALARÇA OBISPO DE CORIA 1587. En su fachada destacan la puerta con arco de medio punto, adornada con dos filas de sillares almohadillados y sus ventanas decoradas con rejas de forja. En el interior del palacio podemos observar un hermoso patio con un claustro de gran belleza y tres plantas.




En Coria fundó un convento de monjas y construyó de nueva planta la capilla antigua de las reliquias en la catedral, que diseñó el arquitecto Juan Bravo. Pero lo más significativo es el sepulcro de mármol del propio obispo García de Galarza, que se hizo construir en vida, sito en el muro del Evangelio del altar mayor de la catedral y al que fueron trasladados sus restos mortales en 1604.

El sepulcro fue diseñado en 1596 por el citado arquitecto Juan Bravo, maestro mayor de obras. Se trata de una obra de corte clasicista, que destaca por su austeridad, siguiendo la influencia de El Escorial.

En el plano escultórico se contó con el artista de origen italiano Lucas Mitata. Nos encontramos una obra de gran riqueza y minuciosidad, de delicada finura en la labra de las vestimentas y reclinatorio, donde sin lugar a dudas destaca el soberbio retrato del personaje, el obispo Galarza, que muestra ante todo su carácter de firmeza en sus convicciones y devociones. 


En el neto del basamento, junto a su escudo está grabada una inscripción en latín que transmite la idea de mecenazgo a las artes del obispo. La traducción del texto, elaborada por Cesar Chaparro Gómez, es la siguiente. “Bajo esta losa yace el ilustre García Galarza, incomparable gloria de las sagradas Musas. Lloran su muerte las Gracias y las Virtudes, Coria y su templo. El excepcional obispo lo era todo para todos. Bonilla nos dio un padre, singular por su integridad, preclaro por su ingenio, piadoso en la práctica de su religión. Nunca se derrumbará el santuario consagrado a las Musas; siendo de gran valor, descansa bajo una tierra insignificante. El mármol conserva entre sus paredes el venerable cuerpo, hasta devolverlo por fin al alto cielo”.




En su pueblo natal, Bonilla, fundó en 1601 el hospital del Padre Eterno para curación y alimento de pobres enfermos. La intención del obispo era que los pobres atendidos en el hospital fueran enterrados en su iglesia en caso de que falleciesen allí, estipulando además una misa de difuntos con su nocturno para cada uno. El obispo esperaba con esta fundación “servir a Dios Nuestro Señor en nuestras ánimas y de nuestros padres y sobrinos, sobrinas y las del Purgatorio…”.


Es probable que en su construcción participaran Pedro de la Teja, Toribio Martínez y Juan de Toca Vergazes, que trabajaron en las obras de la iglesia parroquial del mismo lugar. Analizando la obra, encontramos los elementos arquitectónicos propios de esos años, destacando las cartelas de pergamino y las placas rectangulares que decoraban los arcos fajones, parecidas a las de la portada de la iglesia de Alcohujate (1601), los arcos formeros del monasterio de Uclés y las portadas de la iglesia de Castejón (Cuenca).

Por otro lado, tanto en la portada lateral como en los dos nichos de enterramiento situados a los lados del altar mayor se incluyen sendos frontones partidos, soportados por ménsulas. En último lugar, debemos destacar la imagen del Padre Eterno que corona la portada principal y el bello escudo del obispo Galarza.


El blasón del Obispo Galarza que se encuentra en la fachada del palacio Episcopal de Cáceres en la Plaza de Santa María, en su sepulcro de la catedral de Coria, o en el Hospital del Padre eterno de Bonilla consta de sinople, una banda de plata cargada con la leyenda “AVE MARÍA”, resaltada de una garza de plata, sobre ondas de plata y azur. El escudo está timbrado con un capelo episcopal y bajo él una filacteria en la que está escrito “EX ALTO”, flanqueada por borlas.

sábado, 21 de octubre de 2017

Las fundaciones de capilla mayor en Santo Domingo: desentierro de cadáveres y pago de las obras de la iglesia












Las obras de construcción de la iglesia de Santo Domingo fueron financiadas principalmente con las rentas de la capilla mayor del convento. Era habitual que los conventos cedieran el espacio principal de sus iglesias (crucero y altar mayor) a una familia noble a cambio de unas rentas anuales que pudieran mantener el edificio.
La fundación que habría de financiar las obras de la actual iglesia de Santo Domingo se llevaría a cabo en 1603, de la mano del doctor Francisco de Veancos,  natural de Huete, presbítero y cura de Mazarulleque, párroco de Santa María de Castejón de Huete y beneficiado de Lebrija, en Sevilla. 

Sin embargo, lo que es curioso es que existieron dos fundaciones de capilla mayor con anterioridad, una la de Andrés González de Monterroso, caballero cercano a los Reyes Católicos, cuyos restos fueron trasladados posteriormente a una capilla lateral en el lado de la epístola; y la otra, la de los Hinestrosa, que acabó en un auténtico desastre.
Esta segunda fundación, que es la más llamativa, fue realizada por doña Juana de Hinestrosa en 1518, que dotó la capilla mayor con 6.000 maravedíes anuales y alguna importante obra en el edificio. Suponemos que esta obra sería la remodelación o ampliación del templo monástico.
Sin embargo, años después, fallecida esta señora, su hijo el licenciado Diego Hernández de Hinestrosa, señor de las villas de Villar del Saz de don Guillén de Abajo y de la Olmeda, no cumplió con el compromiso y los frailes quitaron las lápidas y escudos de armas de los fundadores en 1540.
El licenciado ganó un juicio y consiguió restablecer la fundación, volviéndose a colocar las lápidas en 1545. No obstante, varias décadas después, el convento consiguió expulsar definitivamente a los Hinestrosa de la capilla mayor, desenterrando los cadáveres de los fundadores y remitiendo los mismos a su viuda, doña Florencia Torres de Guzmán, señora de las villas de la Parra y de Villarejo de Periesteban que, por recibo de 30 de julio de 1578, declara haber recibido los huesos de sus suegros.

Afortunadamente, como ya hemos dicho, don Francisco de Veancos realizó posteriormente una fundación más potente, valorada en 60.858 reales y valiosos bienes entre los que destacaban varios censos, unas casas en la calle de la Plaza y diversos objetos. En el acuerdo consta el uso que tendría la capilla mayor. Los frailes solo tendrían libertad en algunas festividades señaladas, en entierros de fraile o en funerales dedicados a miembros de la Familia Real, ya que la gestión quedaba en manos de los patronos y sus familiares.  
Cuando se constató la ruina del templo gótico anterior en 1619, el patrón don Juan de Salcedo y Veancos y su hermana doña Isabel, llegaron a un acuerdo con el monasterio mediante el cual ellos y sus posteriores sucesores pagarían al convento 95.316 maravedíes cada año. Con estas rentas se sufragaron los pagos a los maestros y albañiles que construyeron el templo, a los que se sumaron 713 reales anuales procedentes de unos censos que el convento cedió a los patronos mientras durasen las obras.

Por último, como ya sabemos, en 1620 fray Alberto de la Madre de Dios, uno de los arquitectos más importantes del Barroco, diseña el templo y en 1621 comienzan las obras que finalizan hacia 1645.